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Azul de Veracruz

29 may 2025
2 min de lectura



Mamantzin dice que el añil es celoso.

Que no tiñe si no le rezas,

que no da color si no le ofrendas,

que no pinta si no le cantas.

Dice, también,

que el añil es santo,

bendita su sangre,

fría su esencia,

grande su misterio.

Y que no tolera el ruido,

que no le gustan los niños,

ni sus gritos,

ni sus juegos,

ni las mujeres embarazadas.

Que si alguna de ellas

pasa frente a él,

le teñirá de noche el vientre.

El añil, dice Mamantzin,

es berrinchudo.

Se sabe grande y así se muestra.

Ante él hay que arrodillarse,

mostrarse humilde a su grandeza.

Ayunar en su nombre

una semana,

abstenerse del mundo

y sus encantos,

hacer dieta,

guardar silencio,

alejarlo de la gente

que no conoce.

Sólo así,

teñirá las hebras.

El añil es señor nocturno,

tiene la fuerza vigorosa de un rayo,

el carácter sabio de un maestro

que te llama:

Él te elige,

dice Mamantzin.

Y si al hacer de todo

el añil no tiñe,

la razón es clara:

No te quiere.

He rezado tantas noches al azul,

y le he pedido con fervor que me muestre,

su sangre santa de río,

su corazón profundo de cielo.

Y que mis madejas pinte de viento,

que sus ojos miren los míos.

De rodillas le he suplicado,

por el nombre de todos los santos,

conocer los colores de sus labios,

teñir con su tinta mis manos.

Mas el añil siempre se ha mostrado frío,

tan altivo, tan oscuro, tan ufano:

Nunca me ha dejado ver su savia,

probar sus mieles,

tocar sus venas,

sentir el latido pausado

de su pecho.

He escrito tantos versos al añil,

para decirle lo mucho que le amo,

la fuerza intensa que me mueve,

el deseo que sucumbe a su nobleza,

mas no me escucha:

Desdeña todo cuanto digo,

voltea su rostro si le llamo.

Conmigo,

el añil es ingrato:

Sólo tiñe lágrimas,

sólo pinta dolores,

sólo mancha pasiones,

es azul mi llanto.



 
 
 

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